.- En 1967, una joven diseñadora gráfica trabajaba en una empresa farmacéutica de Nueva Jersey llamada Organon. No era científica, ni médico, ni ejecutiva, era una empleada que se dedicaba a diseñar envases y materiales de laboratorio.

Pero un día, Margaret Crane entró en una sala y vio sobre una mesa algo que iba a cambiar su vida: filas de tubos de ensayo que indicaban si una mujer estaba embarazada o no.

Hasta ese momento, el proceso de saber si estabas embarazada era lento, caro y, sobre todo, inaccesible. Sólo podían realizarlo laboratorios especializados y las mujeres tenían que esperar semanas, pedir cita médica y, en muchos casos, recibir los resultados de su estado por carta.

Así que Margaret se hizo una simple pregunta: ¿Por qué no puede hacerse esto en casa?

Así nació una de las ideas más revolucionarias de la historia de la salud femenina y uno de los rechazos más sistemáticos que ha sufrido una innovadora en la historia.

Crane, que entonces tenía 26 años, no tenía formación científica, pero preguntó a uno de los químicos cómo funcionaba aquel test. Cada probeta contenía una serie de reactivos químicos que formaban un círculo rojo en la base al detectar la hormona que genera el cuerpo durante el embarazo.

En su casa, Margaret diseñó un prototipo casero que funcionaba igual que los análisis clínicos, pero en un pequeño dispositivo portátil. Para ello usó un frasco, un espejo, una pipeta y un soporte. Costaba poco, funcionaba bien y permitía que las mujeres supieran si estaban embarazadas sin intermediarios, ni permisos, ni plazos.

Y lo llamó «Predictor».

Entusiasmada, Margaret presentó la idea a sus superiores, pero la respuesta fue unánime: No.

La dirección de Organon rechazó su invento porque «entrañaba demasiado riesgo». Dijeron que las mujeres no estaban preparadas para recibir solas una noticia así, que eso podía generar ansiedad, errores e incluso conflictos sociales.

A esta negativa se sumó la de la comunidad médica, consultada de manera informal, que se opuso también. Los médicos perderían el control del proceso, las clínicas perderían ingresos y las mujeres ganarían autonomía. Era un invento demasiado peligroso para aceptarlo.

Así que, durante años, el prototipo de Margaret quedó archivado, hasta que en 1969 Organon solicitó una patente para el dispositivo, nombrando a Margaret Crane como la inventora.

Sin embargo, para que el producto pudiera ser comercializado, Crane tuvo que ceder sus derechos por un dólar, una suma simbólica que, además, jamás recibió.

Ni le pagaron ni reconocieron su idea y, durante décadas, el mundo creyó que el Predictor había nacido como cualquier otro producto farmacéutico: en un laboratorio, por iniciativa de hombres…

Tuvieron que pasar casi 40 años para que su historia saliera a la luz cuando, en 2012, un artículo del New York Times omitió su contribución. En ese momento, Margaret decidió contar su historia públicamente, para que se reconociera que esa revolución no fue obra de una multinacional, sino de una diseñadora gráfica con una idea demasiado adelantada para su tiempo.

Hoy, millones de mujeres en todo el mundo usan tests de embarazo cada año. Son económicos, accesibles y privados, pero detrás de esa facilidad hay una batalla olvidada. La de una mujer que no se conformó.

Margaret Crane no tenía un laboratorio, ni títulos, ni autoridad, solo tenía una idea brillante y la certeza de que las mujeres merecían saber. Sin pedir permiso, sin esperar, sin depender de nadie.

Hoy, su idea es considerada uno de los productos más revolucionarios del siglo XX y su invención fue un momento clave en la historia de la liberación de la mujer.

Iván Fernández Amil

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