- A las 7:19 de la mañana del 19 de septiembre de 1985, la Ciudad de México se estremeció con un terremoto de magnitud 8.1 en la escala de Richter.
Entre los cientos de historias de dolor, miedo y solidaridad, sobresale la de Estela Lara, jefa de enfermería pediátrica del Hospital General del Centro Médico La Raza del IMSS.
Ese día, mientras el noveno piso B del hospital se sacudía violentamente, Estela trataba de sostener cuneros y medicamentos que caían de las charolas, mientras 46 bebés, niños y adolescentes permanecían hospitalizados bajo su cuidado. Desde una ventana, alcanzó a ver el derrumbe del edificio Nuevo León, en Tlatelolco. “¡No podía creerlo, era un panorama terrible!”, recordaría después.

Las horas siguientes fueron de emergencia. Cientos de niños heridos llegaron al área de pediatría. Aunque era su turno de salida, Estela decidió quedarse. “¿Quién se queda conmigo?”, preguntó a su equipo de enfermeras. La respuesta fue unánime: todas. A pesar del miedo, ninguna abandonó su puesto. El personal de La Raza, solidario y comprometido, trabajó sin descanso durante días enteros.
Estela permaneció cuatro días completos en el hospital, atendiendo a los heridos. En su casa, a una hora de distancia, la esperaban sus tres hijas pequeñas, que lloraban al creer que su madre había muerto. No había celulares y las líneas telefónicas estaban colapsadas. Solo tres días después, un mensaje confirmó que estaba viva.
Cuando por fin pudo regresar a casa, abrazó a sus hijas, las consoló y les dijo cuánto las amaba. Pero tras un baño, les explicó que debía volver: “Más que nunca, mis pacientes me necesitan”. Las niñas lo entendieron. La ayudaron a planchar su cofia, bolear sus zapatos blancos y le prepararon un lunch con sándwiches de mermelada. “No te preocupes, mami, estamos bien. Ve a ayudar a esas personas”, le dijeron.
Hoy, su hija recuerda con orgullo a aquella enfermera que no dudó en servir a los demás en medio del caos y la tragedia. La historia de Estela Lara representa la valentía, profesionalismo y compasión de todo el personal de salud del Hospital La Raza y de México, que en 1985 estuvieron en la primera línea de atención, brindando esperanza y cuidados cuando más se necesitaba.