.- Una tarde de octubre —luego de cuatro días de infructuoso buceo entre corrientes traicioneras— Kingo Nonaka encuentra el cadáver de Rodolfo Fierro en el fondo de la laguna.

Entre la opacidad de las aguas cenagosas Nonaka puede leer el horror en los ojos abiertos del general, la desesperación del último aliento petrificada en una mórbida bocanada por donde todo el fango de aquel pozo parece haber drenado.

Después de tanta cabalgata escupiendo fuego, Fierro ha muerto como un centauro, pues contemplado desde el visor de Nonaka aquello parece una grotesca figura mitológica, una monstruosa encarnación de hombre y caballo yaciente en el vientre del pantano, atrapado entre el barro y los hierbajos.

La pierna izquierda del general aún está atorada en el estribo y el cuerpo de la bestia la aplasta contra el fondo. Penco y jinete hermanados para la eternidad en un mausoleo fangoso.

«El que a hierro mata a hierro muere» es un adagio que no se ha cumplido en este caso. Rodolfo Fierro repartió kilos de bala entre cientos de anónimas anatomías, pero el verdugo que lleva el ardiente metal en el apellido no tiene derecho a una heroica muerte por metralla.

Al Fierro no lo mató el plomo sino el agua puerca de un charco. Una muerte estúpida, sin gloria alguna, absolutamente evitable. Acaso por una fracción de segundo Nonaka tiene conciencia de estar cara a cara con un sanguinario carnicero, el más despiadado asesino parido por la tormenta revolucionaria, el alto mando que más vidas humanas segó con su propia mano.

Aún en su mortuorio lecho al fondo de la laguna, Fierro parece encarnar un demonio, y Nonaka es la primera persona en el mundo que contempla su cadáver hinchado, reverdecido, a un paso de la podredumbre pese a la baja temperatura de las aguas, pero con cara de diablo hasta en la descomposición.

Si por azar o maldición existe un infierno, ahí debe morar el alma de ese matón de gatillo fácil a cuyo cuerpo Nonaka ata una soga. La búsqueda ha terminado.

General Rodolfo Fierro

Extenuantes han sido los días de ese otoño desde aquella mañana en que su compadre Ricardo Nakamura lo llamó por teléfono al Hospital Civil y Militar de Ciudad Juárez y le pidió que corriera sin demora hasta Nuevo Casas Grandes para cumplir una misión urgente. La posibilidad de negarse estaba descartada. Aquello era una petición —o diríase una orden— de Francisco Villa.

Sólo hasta el momento de llegar a la estación de tren de Casas Grandes conoció Kingo Nonaka la naturaleza del encargo: había que sumergirse al fondo de la laguna Guzmán y sacar el cuerpo del general Rodolfo Fierro, hundido en sus heladas aguas de la manera más temeraria y pendeja.

La tropa ríe incrédula al ver llegar a ese oriental con cuerpo de niño, quien ha sido especialmente requerido por el general Villa para rescatar el cuerpo de su lugarteniente. La risa de la soldadesca deriva en socarrona carcajada cuando observan a aquel jovencito de ojos rasgados y metro y medio de estatura inmovilizarse en posición de flor de loto a la orilla de la laguna.

Largos minutos transcurren sin que el hombre ejecute el más mínimo movimiento. Parece una pequeña estatua de barro con las piernas cruzadas, sordo e indiferente ante los gritos y las risas de más de medio centenar de hombres armados que no saben si aquello es un chiste o una tomadura de pelo.

Nonaka siente abandonarse y cruzar el umbral. Su respiración y su ritmo cardiaco se van acompasando. Ni el intenso frío ni la gritería de la tropa existen ya. Kingo conoce esa sensación desde su temprana infancia. Cuando era niño, en esa posición reposaba en las playas de la isla de Kyushü.

Sin más herramienta que un visor y sus pulmones, Kingo Nonaka se sumerge entre los remolinos de esa laguna tramposa. El agua helada no hace mella en su piel y su cuerpo tiene la fuerza y la pericia natural para no dejarse arrastrar por los remolinos.

A las aguas más turbulentas se ha enfrentado desde su niñez, pero no es lo mismo buscar ostras entreabiertas que ir a rescatar el cadáver del más despiadado guerrero de la División del Norte.

Mientras hurga en el fondo lodoso en busca del cuerpo irrumpe furtivo un déjà vu adolescente, cuando la pubertad lo sorprendió buscando perlas en las profundidades del océano. No cualquiera en Fukuoka pasaba la prueba para ser admitido en tan selecto grupo.

Sólo aquel capaz de resistir tres minutos completos en el fondo marino podía sumarse al equipo de intrépidos buzos. Kingo fue el único de los seis hermanos varones de su familia que lo consiguió, acaso porque nadie más que él intuyó que la meditación antecede al buceo.

El juego consiste en reducir las revoluciones cardiacas, poner la mente en blanco y saber liberar el oxígeno pocos metros antes de irrumpir a la superficie. Una vez arriba la clave es respirar pausadamente e ir recuperando el aire poco a poco. Aproximadamente nueve años han transcurrido desde su última inmersión en el Pacífico, y en esa década el tren loco de la vida ha arrastrado a Kingo Nonaka por improbabilidades e infiernos nunca narrados en las antiguas leyendas de Kyushü.

Al momento de sacar el cadáver de Fierro de las profundidades de la laguna Guzmán, Kingo Nonaka tiene 25 años y medio de edad y la última década de su vida ha sido una desquiciante novela de acción y aventuras.

El joven buzo puede presumir haber cruzado el Océano Pacífico desde Japón hasta Oaxaca, sobrevivido al infierno de los campos de caña y caminado descalzo más de tres mil kilómetros desde Salina Cruz hasta Ciudad Juárez a través de un país bárbaro cuyo idioma desconocía entonces.

En el arsenal de sus recuerdos consta el haber curado la herida del mayor jerarca de la revolución antirreeleccionista, empuñado una carabina en la toma de Ciudad Juárez y curado a decenas de heridos en las infestadas planchas del Hospital Civil.

Aún no ha cumplido los 26 y ya derrocha anécdotas en torno a las 14 bataIIas de las que ha sido participe, pero al momento de sumergirse en la laguna Guzmán, Kingo Nonaka no ha vivido todavía la tercera parte de su vida y ni siquiera intuye, obvia decir, el largo camino que aún le aguarda.

No imagina que dominará un arte que ahora mismo desconoce e inmortalizará las primeras imágenes de una ciudad que apenas está naciendo pero tiene prisa por crecer; que será detective de un recién conformado cuerpo de policía y pondrá los cimientos de una escuela; que será el patriarca de una estirpe y su apellido irá hermanado por siempre al mito fundacional de una frontera; que será exiliado en su tierra adoptiva y puesto bajo una despiadada lupa aferrada a encontrar espías y potenciales criminales de guerra; que dos bombas apocalípticas caerán sobre la isla donde nació y su país de origen quedará reducido a escombros; que en su vejez recibirá condecoraciones y el homenaje del gobierno que en algún momento lo persiguió.

Todo lo anterior ocurrirá, pero nada de eso —ni el pasado ni el futuro— deambula en la mente de Kingo Nonaka mientras tira de la soga para traer el cuerpo de Rodolfo Fierro a la superficie de la laguna. En ese momento su único recuerdo tangible es la sensación liberadora de arrojar el aire luego de tres minutos de respiración contenida mientras buscaba perlas en el Pacífico.

Nada más ocupa su mente en la mañana del 19 de octubre de 1915, pues su piel parece tener una coraza contra el frío y sus oídos están blindados contra el barullo de más de medio centenar de soldados que aguardan en la orilla para dar el último adiós a su general.


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