• Antes el lerdo, callaba y aprendía, ahora está suelto como la cabra en el monte diciendo estupideces por las que no paga ninguna multa

.- Es preocupante que en pleno siglo XXI tengamos que exigir algo tan elemental como la doble confirmación científica para frenar la avalancha de disparates que circulan por las redes sociales.

Antes, una idea absurda moría en el bar o en una conversación entre amigos. Hoy, un simple vídeo o tuit puede convertir una tontería en una teoría global.

Ahora toca el caso reciente de Marcos Llorente, el rubio guapo y futbolista de élite, que decidió insinuar que los aviones “tiran gases y yo antes no lo veía así y mucha gente me aplaude y paso de las críticas”.

Y claro, hubo que desmentirlo. ¿Cómo hemos llegado al punto de tener que gastar energía en desmentir lo que nunca debió afirmarse? ¿Cómo al lerdo o lerda de turno al decir memeces no le dejan de seguir miles de personas? ¿Por qué no hay manifestaciones en la calle contra los bulos?

Será que deberíamos de dejar de convertirlos en argumento como bien apunta Emilio Santiago en una de las mejores contra réplicas hacia los retrasados de turno sobre los bulos de cambios climáticos.

Me pregunto cuál es el proceso que siguen los lerdos de campeonato: ¿Se dan el turno? ¿Se intercambian materias? ¿No tienen límites?

Además, es interesante porque no se atreve a probarlo con ellos mismos. Uno tiene ganas de ver al nuevo lince que diga que no exista la gravedad y que se tire por un balcón.

La ciencia, que avanza sobre la base del método, la prueba y el contraste, se ve obligada ahora a entrar en combate contra la desinformación.

No contra el error, que es legítimo y humano, sino contra la necedad orgullosa: esa mezcla de ignorancia y altavoz digital que confunde opinión con conocimiento. Antes, el lerdo callaba y escuchaba; aprendía en la escuela, o al menos fingía interés. Hoy, el lerdo tiene micrófono, seguidores y confianza en exceso. Es una revolución silenciosa pero devastadora: la del atrevimiento sin fundamento.

¿Por qué si el médico de oncología de cualquier hospital no juega de delante centro, por qué ese jugador quiere darnos su opinión de las nuevas vacunas?

Lo más inquietante no es que alguien diga una tontería, sino que miles lo aplaudan. La indignación colectiva ha perdido reflejos. La sociedad, saturada de ruido, ya no distingue entre una verdad científica y una ocurrencia viral.

Algunos me han dicho que tampoco pasa nada si escuchamos a los oráculos de la desinformación y yo les digo que les pregunten a los polacos de 1939 a ver qué opinan porque todo se origina por la manipulación.

Nos hemos acostumbrado a que cada afirmación tenga el mismo peso, como si un estudio revisado por cientos valiera lo mismo que un “me lo contó un amigo que sabe mucho, he visto un video en Youtube o esto no es piramidal, sino que es marketing multinivel y me han confirmado que el dueño es multimillonario”. Pues ni es un amigo, ni el video ese es cierto y el dueño puede serlo, pero a ti te están estafando.

Y mientras tanto, los que investigan, contrastan y dedican su vida a entender el mundo deben salir a apagar incendios provocados por la estupidez como la AEMET

La solución no puede ser solo censurar o ridiculizar. Debe pasar por reconstruir la confianza en el conocimiento, en la duda razonable, en la evidencia y en el espíritu crítico de verdad, no el de “ a mí me parece que…”.

Reaprender que decir “no lo sé” es mucho más noble que afirmar una mentira con seguridad. Que la ciencia no siempre tiene respuestas inmediatas, pero sí tiene un método que, con el tiempo, nos acerca a la verdad. Que una verdad verificada dos veces, tres veces, sigue siendo más valiosa que mil likes.

Y dicho esto, da igual, porque esto lo van a leer pocas personas comparadas con los centeneras de miles que van aplaudir la chorrada del último lerdo que quiera una medalla de la ignorancia. Pedro Galván


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