Hoy, la mayoría de las familias celebran la Navidad entre música, luces y reuniones. Sin embargo, hay un pequeño grupo de personas en México y en el mundo para quienes esta fecha es distinta. Este año, nuestra Navidad se vive desde la espera, con un familiar hospitalizado, sin fiesta ni celebración, pero con algo que permanece firme: la fe y la esperanza en la mejoría de nuestro ser querido, que hoy es lo verdaderamente primordial.

Al pueblo mexicano siempre lo ha caracterizado la sororidad y la empatía con el prójimo, y en momentos como este, ese espíritu solidario no se hace esperar. Mientras aguardamos noticias de nuestro familiar, resulta profundamente reconfortante presenciar el desfile constante de niños, jóvenes y adultos; de asociaciones, colectivos y también de personas que, por simple humanidad, deciden donar no solo una aportación económica, sino algo aún más valioso: su tiempo.

Quien hoy escribe puede dar testimonio de que ese alimento que se entrega no solo llena el estómago, también llena el alma. No es únicamente un plato caliente en las manos, es un buen deseo, una bendición expresada con palabras sinceras, un gesto que reconforta y da aliento para seguir esperando, con mucha fe, la salud de nuestro paciente.

Desde esta trinchera, y como ya lo he mencionado —aunque no a todos les he aceptado su donativo alimenticio, pues incluso el hambre se mitiga—, solo queda expresar un profundo agradecimiento.

Que Dios los bendiga y les conceda abundancia por cada acto de amor y solidaridad.

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