Originario de Pachuca, Hidalgo, pero vallartense por adopción, Benigno Ibarra Castañeda es un hombre de múltiples facetas cuya vida parece escrita entre la aventura, el arte y la pasión. Piloto aviador, patrón de barco, chef y cantante, hoy es reconocido como empresario al frente de su emblemática tienda Mundo de Azulejos, empresa con más de 40 años de trayectoria cuyas piezas artesanales han dado la vuelta al mundo.
Además de surcar los cielos y el mar, y de desenvolverse en la cocina, también incursionó en el canto durante los mejores tiempos del centro artístico “Mariachi Loco”, formando parte de una etapa importante del ambiente musical en Puerto Vallarta, experiencia que suma a su versátil trayectoria.
Su trabajo en talavera ha llegado a destinos tan diversos como el Vaticano, España y Arabia Saudita, lo que le ha permitido recorrer continentes llevando consigo las tradiciones mexicanas. Con orgullo comparte fotografías vestido de charro frente al Taj Mahal en India, en Marruecos y en otros rincones del mundo, siempre promoviendo el arte mexicano.
Su talento ha sido reconocido por diversas personalidades del espectáculo y la vida pública. Artistas como Alejandra Guzmán conservan piezas únicas diseñadas por él, como una placa especial de talavera elaborada para su hija. Asimismo, su tienda en Puerto Vallarta es visitada por celebridades internacionales como Adam Sandler y numerosos turistas extranjeros que buscan llevarse un recuerdo auténtico y exclusivo del destino.

Recuerdos de la Plaza de Toros La Paloma
A los 20 años, siendo piloto aviador —incluso piloto del gobernador de Hidalgo en aquel entonces— su pasión por la tauromaquia lo llevó a involucrarse en el mundo taurino. Admirador del legendario torero Manolo Martínez, tuvo la oportunidad de conocerlo y transportarlo a distintas plazas del país, como Acapulco, Monterrey y Mérida, forjando una amistad que lo acercó aún más al ruedo.
En un evento de ciudades hermanas realizado en Puerto Vallarta, se organizó una corrida con causa y, ante la pregunta de quién se animaba a torear, Benigno levantó la mano sin experiencia previa, pero con determinación. Participó en una charreada toreando vaquillas, vestido de “Cantinflas”, recuerda entre risas.
Ese episodio lo llevó a integrarse al espectáculo del entonces Hotel Krystal Vallarta y posteriormente a participar formalmente en corridas organizadas por el empresario José Manuel Gómez Canobbio, propietario de la Plaza de Toros La Paloma. Pasó de novillero a lidiar toros de más de 400 kilos, viviendo experiencias intensas, como aquella ocasión en que fue alcanzado por el toro y dio una voltereta completa de 360 grados, cayendo de pie ante un público mayoritariamente extranjero que pensó que se trataba de un acto ensayado y lo ovacionó.
“Aunque tras el primer pase el miedo desaparece”, afirma, vestir de luces y aparecer en cartelera fue uno de sus mayores logros personales.
La Plaza de Toros La Paloma reunía cada semana a visitantes extranjeros que arribaban en cruceros y a aficionados locales y regionales. Sin embargo, por decisiones familiares y posteriormente el impacto de la pandemia por COVID-19, el recinto cerró definitivamente. Su demolición marcó un momento doloroso para Benigno.
“Ver la demolición de La Paloma fue como perder una parte de mí. La sentí mía durante muchos años al planear corridas, vivirlas y disfrutarlas”, expresa con nostalgia.
Un legado que perdura
Hoy, “Don Beni”, como es conocido con cariño, disfruta de su familia: su esposa, hijos, nietos y bisnietos. Continúa al frente de su negocio, consolidado gracias al trabajo conjunto con artesanos que lo han acompañado por más de dos décadas y a quienes considera parte de su familia.
Entre vuelos, mar, escenarios musicales, ruedos y azulejos, Benigno Ibarra Castañeda sigue dejando huella, demostrando que la pasión, cuando se combina con disciplina y amor por las raíces, puede cruzar fronteras y generaciones.
